El pueblo. Parte 1

Despertó aturdido. El dolor de cabeza era inaguantable. No sabía qué, cómo, cuando ni... Un momento, ni dónde estaba.

-Pero, ¿qué...?

Levantó la mirada. Ante sus ojos se erigía el busto de un hombre con nariz puntiaguda y ojos pequeños. La inscripción de debajo rezaba: "Un mar en calma no hace buenos marineros".

Confuso, anduvo un par de metros para ponerse un poco en perspectiva. Se encontraba en lo que parecía una pequeña plaza de pueblo. A su alrededor se extendía un paisaje desolador. Casas derruidas. Algunas conservaban parte de su estructura y otras simplemente parecían abandonadas. A lo lejos se alzaba una casa mucho más grande y señorial, también visiblemente afectada y destruida.

Estaba claro que algo había pasado allí. Alguna catástrofe natural, pensó, un ataque militar quizás... Pero, por encima de todo, había algo que le erizó los vellos. Todas las casas le eran extrañamente familiares.

Confuso, avanzó dejando atrás la plaza, el busto y los pensamientos que le florecían , inverosímiles, imposibles. Anduvo a lo largo de las anchas calles que componían el pueblo. Irónicamente en ese momento, se descubrió  buscando preguntas que callaran sus respuestas. No se atrevía a entrar en ninguna de las casas.

-¿La palabra correcta era entrar, si en muchas de ellas no hay puertas?-pensó.

No veía tiendas, no veía tabernas.... No veía personas. ¿Estaba solo en el pueblo? Probablemente. Todos los habitantes habrían huido a resguardarse.

Tras sosegarse un poco y vagar sin rumbo lo que calculó fue más de 40 minutos se decidió a volver a la plaza. Quizás se le había escapado algo de lo que antes no se había percatado, entre la bruma de pensamientos desordenados y revueltos.

Fue entonces, cuando se dio la vuelta, que le pareció ver una silueta entre las calles.

- ¡Señora!¡Señor!¡Oiga! ¿PUEDE AYUDARME?- Los gritos fueron tales que habrían ahogado cualquier otro sonido de aquel pueblo, si lo hubiera habido, claro.

La silueta se giró a medio camino de la calzada y se detuvo.

Por fin obtendría respuestas reales y no las que le seguían persiguiendo desde que recorría aquellas calles. Corriendo, se detuvo a la altura del desconocido, lo suficientemente cerca para que sus sombras se entrelazaran y lo suficientemente alejado para visualizarlo de pies a cabeza.

Jadeando, tomó aire y levantó la cabeza. Se encontraba frente a un anciano, bajito y rechoncho, ligeramente encorvado y que sostenía su edad con un bastón de madera.

-Señor, hola, buenas, perdone- Se apresuró a decir- ¿Sabría usted decirme dónde estoy? He despertado en la plaza de este pueblo y no sé cómo ni cuándo llegué aquí.

- Acaso... ¿No lo sabes ya?- Respondió el anciano con una tímida sonrisa.

Esperaba no escuchar esa pregunta.

- No, quiero decir, sí, pero no- Tenía que soltarlo- Es decir, tengo la sensación de... de haber vivido, o vivir aquí, pero es imposible... ¿O No? No tengo recuerdos de ello. Quiero decir, no recuerdo haber huido de nada ni ver ninguna catástrofe.

- ¿Catástrofe? Aquí no ha habido ninguna catástrofe.

- ¿Cómo dice?

- Así es. Todas estas casas fueron abandonadas o destruidas por sus dueños en diferentes momentos- Dijo el anciano, con una actitud tierna.

- Pero si lo que creo es cierto, ¿Quiere decir eso que yo destrocé o abandoné mi casa?

- Eso me temo.

- ¿Por qué haría yo algo así? ¿Qué motivos hay para destruir o abandonar tu casa?

- Oh, muchos joven. Mira, te propongo algo- Sugirió el anciano- Ya que parece que necesitas que te refresquen la memoria, te contaré la historia de algunas de las casas y el porqué sus dueños decidieron echarlas abajo o deshabitarlas. Quizás entonces encuentres alguna que otra respuesta, ¿Te parece?

No le parecía la mejor idea: Escuchar cuentos de un anciano que acababa de conocer, pero , al fin y al cabo, era todo lo que tenía.

- Eh... Está bien, supongo.

- ¡Genial! Sígueme, empezaremos por esta calle.

El anciano se giró y se dirigió a la izquierda de la calzada. Parecía que el día sólo acababa de comenzar.



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