Tierra mojada y lluvia
¿A qué te recuerdan estas dos palabras? Si te soy sincero, a
mí no se me viene ningún recuerdo bonito... que seguro que lo hay, ¿eh?, pero no
conecto con él. Lo que sí puedo hacer es recordar perfectamente la sensación
que me transmite: el tacto de la tierra, el olor de la lluvia… Alegría y tristeza.
La lluvia me transmite este contraste de emociones a la misma vez y yo, que soy un enamorado de los contrastes, recojo esto con una satisfacción que me recorre todo el cuerpo.
La lluvia me hace recordar a un Ale feliz, porque en los momentos más placenteros de mi vida, la banda sonora ha corrido a cargo de la lluvia: Una noche de lectura en la cama leyendo a Dan Brown, un clásico domingo de pelis con Harry, una ruta de senderismo… Me conecta con la tranquilidad, con las risas, con el cariño y con el color azul, pero no con cualquier azul sino con uno muy específico, mi favorito. Me conecta con el deseo de quedarme a vivir en uno de esos días.... Pero, como te decía antes, la lluvia también me une con la tristeza, porque, además de ser una perfecta compañera para quedarme cinco minutos más en la cama mientras la disfruto, también ha sido un obstáculo. Las noches que me han arrebatado ese último beso, ese “acompáñame a casa”, ese fin de fiesta perfecto... La tristeza que me ha acompañado en esos paseos mientras la banda sonora deja de ser la lluvia y es la de mi película favorita a través de los auriculares. Muchas de esas veces pienso que quizás ahí está el problema, que en esos momentos dejo de disfrutar de la lluvia y, aunque me acompaña, no la quiero como compañera, la odio, me estorba. Lo único que hace es empeorar la situación.
Aún así, y con todo esto, como te digo, amo el contraste y me gusta, que digo, me encanta que haya sido así. Fíjate, me he centrado en la lluvia y habrás pensado que he pasado por alto la tierra mojada, pero para nada, es sólo que para mí la tierra mojada tiene un significado especial. Al igual que la lluvia provoca la tierra mojada, mi lluvia, la que ha caído durante esos momentos, ha creado su propia tierra mojada.
A mí.
Yo no soy más que la tierra mojada que ha provocado toda la lluvia a lo largo de mi vida. Y es que, cuando alguna vez me he tumbado en el campo, y he podido acariciar la tierra después de la lluvia, no he podido evitar recordar las alegrías que vinieron después de esas tristezas y, por supuesto, las tristezas que vinieron después de todas esas alegrías. Y el resultado soy yo.
Cuando toco la tierra mojada, siempre me sorprendo de que hay partes que están secas, zonas a las que ni la lluvia ha podido llegar y partes que están totalmente empapadas y pienso en como las lluvias de mi vida me han traspasado y, por supuesto, me han calado, y en lo agradecido que estoy a esas lluvias por eso... Sin ellas no sería la tierra que soy. Sin embargo, hay partes de mí que ni las lluvias han podido bañar. Partes que se han quedado vírgenes y que han logrado resistir la humedad... Me gusta pensar que parte de mi esencia está en esos pedacitos intactos. Pero eso no es todo.
Cuando toco la tierra mojada, siento algo más, algo que se que está ahí, pero que hasta que no me quedo el suficiente tiempo tumbado sobre ella, no soy consciente.
Siento vida.
Porque dentro de esa tierra mojada SIEMPRE hay alguna semillita escondida esperando esas lluvias para crecer, para salir y para encontrarse con el mundo. En ocasiones, me pregunto cómo habrán llegado ahí, quien o qué es el culpable de que estén ahí o si imaginan qué hay aquí arriba.
Cada vez que recuerdo el tacto de esas semillitas, me recreo pensando en la cantidad de semillitas que tengo haciendo tiempo para que llegue una noche de tormenta o un día de arcoiris, y salgan.
La lluvia y la tierra mojada no me conectan con ningún recuerdo porque son ellas quienes los forman, porque cada vez que me agacho y agarro un trocito de tierra conecto conmigo, con mi historia, con el Ale de 10 años y con el de ayer, con todas las lluvias que han pasado y por las que están por caer. Conecto con las semillitas que he visto nacer, crecer y morir y con las que están por aparecer y, sobre todo, conecto con un deseo que espero que siempre se cumpla:
"Que siga lloviendo"
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