Nunca me he parado a oler las rosas

Jamás. Jamás me he parado a oler rosas. Y lo digo en todos los sentidos.

Soy el típico tío que no se para a disfrutar del camino, sino que está pendiente de la cuesta que ve a lo lejos o que presta atención a las hojas que hay en el suelo, que os aseguro tienen menos que ofrecerme que las rosas que tengo a los dos lados de mi travesía.

Me encantaría tener la capacidad de pararme, de disfrutar de sus colores, de su olor, de su idiosicrántica belleza.

Y creo que he mentido al principio, creo que esto es algo que he perdido con el tiempo. "Yo antes disfrutaba más" es un pensamiento que se repite en mi cabeza una y otra vez.

¿Esto es lo que me espera siempre?¿Estar pendiente de si llegaré o no con fuerzas a la cuesta? ¿Dosificar energías para llegar al final del camino? Qué triste, ¿no?

Y no, la solución no es dejarme llevar, porque eso implicaría quizás, fijarme en unas rosas y no en otras flores, que quizás también tengan algo que ofrecerme, porque TODAS LAS FLORES tienen su aquel.

Tengo que ponerle pausa al camino. Tengo que obligarme a tirarme en el prado y quitarle los pétalos a veinticinco flores distintas, una por cada paso que llevo recorrido.

Aunque os voy a contar un secreto:

Me encantaría que alguien me acompañase y que fuese esa persona la que me tirase del asa de la mochila para atrás. Una persona que le pusiese música al camino, para hacerlo aún más ameno y que si se pone a llover por el camino, sea ella la que tenga un pañuelito para que no se me empañen las gafas, que si se hace de noche, podamos resguardarnos el uno en la risa del otro y así la noche tenga algo de luz. En fin, una persona, aún sin tener poderes mágicos, sea capaz de convertir una rama de un árbol en una varita mágica, porque eso para mí es la verdadera MAGIA.

Y ojo, no lo pongo como condición sine qua non, ni mucho menos, pero admitid que así sería mucho más divertido.

Y si no llego al final del camino, bueno, al menos, lo he disfrutado, he descubierto a que huelen las rosas, los girasoles, las amapolas y he apartado la mirada de las hojas del suelo que, al fin y al cabo, son todas iguales.

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